Breve biografía de san Agustín (354–430)

San Agustin de hipona

Soy AGUSTÍN, hombre de barro frágil, tejedor de pensamientos y de corazón hambriento de caricias, con las manos llenas de preguntas y los ojos abiertos al asombro. Así me hizo Dios y así me amó incluso cuando viví alejado de Él.

Nací hace casi diecisiete siglos –el 13 de noviembre del año 354– en el norte de África. Tagaste, que hoy se llama Souk Ahras (Argelia), fue mi lugar de cuna, a unos cien kilómetros del mar Mediterráneo. Mis vecinos eran gentes sencillas que labraban la tierra y vareaban los olivos. Roma era la capital que paseaba su señorío por el mundo de entonces y avasallaba a todos con tasas e impuestos exagerados.

Mónica y Patricio fueron mis padres. Eran muy distintos, pero se querían de verdad y, desde que comencé a conocer las letras, soñaron con que yo cursara estudios superiores. Por eso dejé mi pueblo y me fui a estudiar fuera. A Madaura primero y finalmente a Cartago, ciudad universitaria del Imperio que competía con Alejandría. Mi padre tuvo que estirar la economía familiar para pagar aquellos gastos sin descuidar a mi hermana y a mi hermano.

Viví una juventud turbulenta y tensa mientras deshojaba los misterios de la vida y del conocimiento. Leí con avidez libros que no siempre conseguí comprender del todo. Fui al teatro con frecuencia y me interesé por los horóscopos. Sentí el cuchillo del amor clavado en las entrañas y amé con pasión y ternura a una mujer. Aunque no llegamos a casarnos, los dos prestamos carne y vida a un hijo antes incluso de que yo cumpliese los 20 años.

Mi vida profesional me dio bastantes satisfacciones y algo de fama, pues me dediqué a la enseñanza de niños y adolescentes hasta que personas con influencias y autoridad me llevaron a trabajar en la mismísima corte del emperador, que por aquel entonces residía en Milán.

Busqué la verdad en lecturas y conversaciones, buceando en mis propios pensamientos. Me vi aprisionado por la duda, embriagado por una falsa sabiduría y atado por mil esclavitudes. Sin embargo, nunca hice pactos cómodos con la mediocridad. Deseaba crecer, amar, encontrar, pero la verdad y el amor se me escurrían como dos estrellas en el agua.

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Sabía que vivía en el pozo del error y de la mentira, pero a solas no conseguía salir de él. Durante todo ese tiempo, Dios jamás dejó de venir a mi encuentro. Muchas veces me tendió la mano para ayudarme, pero yo no le di la mía hasta pasados los 30 años. Fue entonces cuando cambié por completó. Empecé a sentirme realmente libre y a llenar mi vida de amor y de humildes gestos de servicio. La luz de la fe comenzó a iluminar todos los rincones de mi vida y acabé recibiendo el bautismo unos meses antes de cumplir los 34. Poco tiempo antes, la mujer a quien tanto amé había decidido ingresar en una comunidad religiosa.

Abandoné Italia y regresé a mi tierra africana para empezar a vivir como monje en una comunidad que yo mismo inicié y de la que también entró a formar parte mi hijo. Tanto me insistió mi gente que tuve que aceptar ser ordenado sacerdote. Poco después, con 39 años recién cumplidos, la Iglesia puso sobre mis hombros la carga de ser obispo de la ciudad de Hipona, que apenas conocía pero a la que quedé unido para el resto de mi vida. Ser obispo en aquel tiempo obligaba a pisar la calle y a hacer de juez en litigios de herencias y derechos de propiedad. Por mi casa pasaban gentes a pedirme consejo o a solicitar que intercediera por los reos. En la noche, a la luz de una lámpara de aceite, podía disfrutar de la lectura, contestar las cartas recibidas, dedicarme al estudio y preparar mis sermones.

La muerte vino a visitarme el 28 de agosto de 430, después de haber escrito libros y fundado monasterios y sin darme tiempo para cumplir 76 años. No era aquel verano un momento especialmente agradable para mis fieles, pues hacía varios meses que la ciudad de Hipona vivía cercada por los bárbaros.

Amigo mío: Alguna vez habrás oído hablar de mí, ése que ahora llaman san Agustín. Ten cuidado con lo que te dicen, porque ni tenía la piel muy blanca –era de raza bereber–, ni usaba esas túnicas tan limpias, ni me pasaba el día diciendo frases para la posteridad. Aunque las gentes de entonces teníamos un idioma, costumbres y formas de pensar bastante diferentes de los tuyos, el corazón del hombre no ha cambiado tanto. Es ahí donde mi experiencia humana es un libro que puedes abrir, por si te sirve de ayuda.